Asunto: Sobre el miedo a la muerte
Fecha: 18 de marzo de 2026
Tengo tatuado en un brazo el _memento mori_, pero ahora quiero agregar —tal vez en el otro — el _sine timore,_ porque no sólo tengo claro que, como todos, me voy a morir, sino que ya no le tengo miedo.
Es razonable temer lo desconocido. De la muerte—específicamente de lo que ocurre realmente cuando viene—nadie ha podido contarnos. Pero observa bien Lucilio: no tememos a la muerte misma, sino a perder lo que sí tenemos y por lo tanto conocemos. Morir es perder tu vida actual, eso que valoras enormemente.
Es otro el tipo de miedo que aparece cuando piensas en lo que podría pasar con aquellos que amas: tus hijos, tu esposa, aquellos que dependen de ti. Pero este miedo no te pertenece realmente—solo puede serles suyo. Lo natural es que te importe.
Está bien temerle al dolor, a la tristeza, a la bancarrota o a algún asesino, porque aun sin haberlos enfrentado, seguro tienes una buena idea de lo que implican. Pero si tiene sentido temerle a lo conocido, ¿por qué temerle automáticamente a lo desconocido?
Nada es más desconocido que la muerte, sobretodo en la actualidad. Las guerras ya no son tan frecuentes ni tan cercanas para muchos. Las más letales enfermedades tienen cura. Algunos aún conviven con la muerte diariamente, pero verla pasar no implica entenderla. No sólo nadie entiende el por qué o el para qué, sino mucho menos el qué es realmente la muerte.
La muerte no es solo desconocida, sino es un evento instantáneo. Cuando realmente ocurra, no podremos tener consciencia de ella — no solo porque no podríamos recordarla, sino porque no tenemos capacidad de concebir algo de duración infinitesimal.
No tienes que conocer cuándo vas a morir, ni cómo, para saber que lo único que tienes es la vida, que podríamos definirla como aquello que existe entre el nacimiento y la defunción. Algunos parecen tener la suerte de la vida extensa, pero pocos tienen la verdadera dicha de gozar la vida en profundidad, sin preocuparse por la extensión.
Si no puedes controlar cuánto vivirás ni cuándo acabará, claramente sólo te queda el cómo. Y la mejor imagen para entenderlo es la del agua de un río que fluye por su canal naturalmente, sin que le molesten las piedras ni los escombros, destinada a reunirse en el gran mar en donde todo converge —de lo que por algún capricho nos desprendimos temporalmente.
Deberías querer morirte, Lucilio, porque si te va a ocurrir —y vaya que sí—, quieres quererlo. No hay peor sufrimiento que el que ocurre innecesariamente ante algo inevitable. Y no sólo deberías querer morirte, sino que no encontrarás razón alguna para tenerle miedo.
Y por todo esto, hoy vas a tener el mejor día de tu vida, y si te es permitido, mañana también.
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