Sobre práctica antes que palabra
Hace pocos días estuve por un poblado de la sierra de mi país, allí donde los que vivimos en abundancia veríamos pobreza, pero donde los locales no parecen entenderla. La vida allí es dura, mi querido Séneca, pues es cierto que faltan algunas cosas indispensables para que se viva cómodamente —acceso adecuado al agua e higiene, por ejemplo—, pero a la vez sobran ganas de vivir plenamente.
Cuando visito lugares como estos suelo tener contacto con la pobreza en dos sentidos: la contemplo comparativamente y la vivo parcialmente. Por lo primero, creo que el ser humano percibe que le falta algo cuando otro sí lo tiene. Por lo segundo, mi dieta particular me obliga a comer menos de la cuenta. Percibirla y vivirla un poco en carne propia me ayuda a entender un poco más la pobreza.
Pero lo anterior —aunque sabido para mí previamente—, no es exactamente voluntario, como sí lo es el ayuno que practico regularmente. El vestir simple y el no derrochar dinero en servicios o bienes innecesarios o sobrevalorados, quizás sean parte también del entrenamiento previo que me pides.
Sinceramente no quisiera ser pobre, ni siquiera por aquella verdad que yace en la pobreza: se quedarán conmigo los que realmente valen la pena. Pero ahora entiendo que es justamente el vivirla voluntariamente lo que me ayudará no sólo a enfrentarla, sino, tal vez algún día, a quererla. Mientras tanto, prefiero ser valorado por todo aquello que nada tenga que ver con intereses materiales, lo cual abre un universo enorme de posibilidades para ser mejor persona.
Desde hace mucho sé que la filosofía —esta que me enseñas, Séneca— es una forma de vivir, y no sólo lindas palabras que decir. Son los pasos los que hacen la verdadera filosofía al andar; solo después viene el parar, para descansar y reflexionar. Los caminos que puedo seguir son diversos, pero ser pobre a propósito me permitirá ir más liviano y más humilde con lo que reciba.
Dicen que es verdadero aquello en donde hay coincidencia entre la realidad, lo que pienso y lo que digo. Pero yo creo que además es bueno aquello que, habiéndolo pensado, lo hago realidad — y solo a veces lo cuento.
¡Qué difícil es ser coherente! —decimos muchas veces. Creo que puede ser más fácil si empezamos por aquellas ideas que sí podemos llevar a la práctica: al contarlas, ya habrán sido demostradas.
14 de julio de 2026
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