Cartas a Séneca

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Sobre la verdadera riqueza

Dos noches seguidas he dormido mal, querido Séneca. La primera me despertó de madrugada un problema que ya no me dejó volver a cerrar los ojos. La segunda me expulsó de la cama, demasiado temprano, otro problema parecido. Ambos nacen de lo mismo: aquello a lo que principalmente me dedico — esa parte de la vida que ya tengo previsto dejar atrás. Debería estar preparado para enfrentar estas situaciones con todo lo vivido y aprendido. Pero que me quiten el sueño es señal de una de dos cosas: o no estoy suficientemente entrenado, o esta pelea ya no vale la pena. Pocas dudas tengo que la vida que me espera tiene la luz propia que la actual ya quisiera. Lo que sigue está, sin duda, un peldaño más arriba en la escalera. Pero algo me retiene, Séneca, y es la cuestión económica: sigo creyendo que debo reunir cierta cantidad de capital, la suficiente para cubrir las necesidades de mi familia sin depender de lo que hago ahora. Observa que no te hablo de amasar más riquezas materiales: de esas ya tengo lo necesario — muy probablemente más de lo necesario. La verdadera riqueza para mí tiene otro rostro: más tiempo disponible para seguir cultivándome y la capacidad de elegir mis propios problemas en la vida que viene. Me doy cuenta ahora de que he venido trabajando en una sola dimensión de este proceso de cambio de vida — la de agregar más capital —, cuando tú insistes en que se trata también, y sobre todo, de restar deseo. Y aquí mi confesión honesta: es cierto que ya no deseo más, pero todavía no aprendo a desear cada vez menos. Debe ser esto lo que me hace creer erradamente que debo seguir “juntando lo suficiente para ser libre”, cuando es libre el que sabe que ya tiene suficiente. Entonces, mi querido Séneca, es que no estoy listo todavía, porque no se trata sólo de valentía, sino también de estar debidamente preparado para la siguiente categoría, a la que sé que puedo llegar con esfuerzo algún día, con sólo lo necesario en la barriga.
22 de julio de 2026

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