Cartas a Séneca

Volver

Sobre la soledad y la plegaria

Te agradezco querido Séneca por la confianza que me transmites cuando dices que no hay nadie con quien prefieras que me relacione salvo conmigo mismo, particularmente porque explicas que no necesariamente todo hombre está hecho para cultivar una relación así. Recuerdo haber escuchado a una persona que no le es posible estar un momento sin estímulo externo, y a otra que no soporta el silencio —refiriéndose en particular a una conversación. Lo primero que pienso es que se están perdiendo una enorme oportunidad de crecer, negándose estos momentos de conversación consigo mismo. Pero a continuación recuerdo que creo en el determinismo, y que por lo tanto ellos casi no son responsables de no poder buscar tranquilidad o no poder callar, mientras que yo simplemente tuve suerte de poder hacerlo o al menos de quererlo. Siendo más precisos, tampoco es que yo pase tiempo realmente solo: no tendré compañía de otra persona, pero casi siempre estoy leyendo un libro, escuchando una clase o estoy haciendo ejercicio a un ritmo que me facilita pensar. Es cuando escribo —como en este momento o en mi diario— cuando medito o cuando me concentro en serio en alguna idea, que verdaderamente estoy conmigo mismo, aunque este tipo de momentos difícilmente superan una hora al día. Te agradezco también Séneca por el consejo sobre las plegarias a los dioses, aunque bien sabes que no creo en ninguno, o quizás es que creo en todos. Para mí, si un dios existe, es el todo y cada parte que lo conforma. Reconozco que puedo estar completamente equivocado, aunque creo que mi creencia no tiene probabilidades despreciables de ser cierta. En cualquier caso, he decidido vivir de manera que no necesito creer en un dios para conducirme bien, ni para tener una buena vida. Debo reconocer que me llamó la atención lo de vivir como si Dios me estuviera vigilando y hablarle como si todos escucharan. Aún rechazando la idea convencional de un dios y consciente de las diferencias culturales de la moral, sí creo que hay conductas con las que la mayoría estaría de acuerdo y en lo correcto al decir que son buenas. Aquí me vino a la mente lo que dijo Bertrand Rusell sobre las pasiones por las que vivió: gozar del amor, buscar el conocimiento y aliviar el sufrimiento. Sin duda existen otros conceptos que podrían definir qué es una buena vida, pero la trilogía de Rusell me parece una excelente guía, de manera que si incluso mi Dios —que es todo — me estuviera vigilando, me encantaría que me compruebe que estoy viviendo según estos valores o me llame la atención si estoy descarrilado. Aún cuando ya no rezo por no creer en dioses ni practicar religiones, mis agradecimientos van al universo, a quien de vez en cuando dirijo una frase que me recuerde que casi nada dependió ni dependerá de mí. Con frecuencia suelo personalizar lo que digo en función a quién tengo al frente — no refiriéndome sólo al fondo sino a la forma, que aún cuando deben ser consistentes en toda comunicación, deben también considerar el contexto determinado para que la comunicación sea efectiva. Pero esto de hablarle a cada uno como si todos estuvieran escuchando me parece una muy importante y aleccionadora práctica. Aunque es muy probable que nadie más lea estas palabras, estoy pensando en todos ustedes, siempre muy respetuoso de las diferencias y sólo con la intención de contribuir. Yo sólo intento moverme en la dirección correcta — con amor, curiosidad y compasión.
28 de abril de 2026

Suscríbete para recibir nuevas entradas

Recibirás cada nueva Carta o Email al ser publicada.

Suscribirme en Substack →