Cartas a Séneca

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Sobre la filosofía como guía de vida

La conocí antes de los veinte años, mi querido Séneca, durante mis inicios en la universidad. No fue un amor a primera vista, aunque sí me causó una impresión particular. Tal vez fue porque yo no la busqué; ella se me presentó. O tal vez fue que no nos presentaron adecuadamente, así que casi no la seguí frecuentando, salvo por alguna idea suelta que se quedaba conmigo. Fue recién hace algunos años, probablemente vía la lectura y de todas maneras vía las clases con un profesor, que empecé a conocerla realmente — aunque suene esto atrevido, pues no se puede conocer nada por completo, menos a ella. Curiosamente no he necesitado conocerla del todo para tener derecho a sus presentes. No vivo por ella ni para ella —sería excesivo. Pero conviviendo con ella he aprendido a preguntarme el por qué y el para qué de las cuestiones más importantes de mi vida, y aunque no tengo las respuestas, sin duda me ha ayudado a tener mejores preguntas — y con ello, ligeramente mejores respuestas. No encuentro mejor muestra de la importancia de la filosofía en mi vida que esto mismo: escribirte —un lunes feriado — para hablar de ella. Y no es casualidad: este proyecto nació inspirado no sólo en las ideas, sino en la bella manera de transmitirlas de uno de los filósofos que más respeto. Debo confesar algo: la filosofía no sólo ha ordenado y me ha permitido una mejor vida, sino que en ocasiones simplemente me entretiene. Siento un placer casi físico cuando una idea me cautiva por el alcance de su aplicación o la belleza de su concepción. No me avergüenza decirlo. Más bien creo que es muestra de que ella me acompaña en varias dimensiones de mi vida, como ocurre —y agradezco que así sea — con mi amada esposa. Estoy buscando aplicación inmediata y concreta a la idea de Epicuro sobre vivir conforme a la naturaleza, nunca a la opinión. Y creo que la encuentro en una decisión que debo tomar para la que me basaré en que la naturaleza tiene límites, mientras la opinión no. Hoy debo decidir de cuánta gente prescindiremos en mi empresa. Pienso que, aunque duro, es la nueva naturaleza de nuestro cuerpo: ya no da para soportar más carga, a menos que aceptemos el riesgo de morir. Sé que ninguno de los que se vaya estará de acuerdo, e incluso una gran parte de los que se queden tampoco estarán convencidos, pero la naturaleza, no sabiendo de opiniones, será mi guía. Sé que esta reducción es natural porque tiene un claro límite: no puede existir empresa sin personas — al menos no la que yo quisiera siempre tener y sólo hasta cuando sea necesario, dirigir. Si seguir viviendo o no ya estaba decidido por la fortuna, dormiré tranquilo sabiendo que lo que nos ocurra será propio de la naturaleza de este cuerpo.
16 de junio de 2026

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