Sobre la elección de amigos
Leí con mucho entusiasmo tus consejos sobre la amistad, mi querido Séneca, pero creo que, aunque hermosas todas las ideas — tal vez justo por eso —, algo están alejadas de la realidad.
Sabiendo que en nadie realmente confío como en mi mismo— no existe persona a la que le puedo decir absolutamente todo lo que pienso —, pero esto no implica no poder tener amigos, me inclino a creer que más que verdadera amistad o simples relaciones, existen los grados de amistad.
Sin duda con quien considero mi mejor amigo puedo hablar casi sin ningún tapujo, pero claramente hay temas u opiniones sobre las que prefiero mantener reserva. Debe ser en parte porque además de ser amigos, hoy en día somos compañeros de trabajo, de la misma manera que lo soy con uno de sus hermanos; debe ser por otra parte, mayor creo, por mi naturaleza generalmente reservada.
Con los que están en mi escala de amistad muy cerca al primero, sucede algo similar: no sólo tampoco podría hablar con ellos como conmigo mismo, sino que hay dimensiones enteras en las que probablemente me cierro más aún.
Si me sigo alejando en mi escala imaginaria, de la amistad perfecta, que en el mejor de los casos, sólo es conmigo mismo, encuentro a casi todas las demás personas que conozco, empezando por amigos con vínculo fuerte pero que frecuento poco, amigos que frecuento regularmente, compañeros de trabajo, amigos de años pero con vínculo ahora débil, amigos de mis amigos y finalmente conocidos. Haciendo el recuento a consciencia, en mi caso, son pocos con los que podría decir que cultivo algún nivel de amistad para llamarla así realmente, usando los estándares que propones, mi querido Séneca.
He aprendido hace mucho tiempo que es mejor confiar y ser decepcionado, que no confiar en nadie y vivir atormentado, aún cuando no siempre haya sido mejor el resultado — aquí me vuelvo a recordar que mal resultado no implica mala decisión, y viceversa.
Si pensara nuevamente en ubicar a las personas en alguna escala, esta vez de confianza, la distribución sería distinta a la de mi escala de amistad; aunque, si la visualizo detenidamente, distingo patrones ligeramente diferentes entre las relaciones profesionales y personales: confío más fácilmente en las primeras.
En relación con esto, justo estoy ante un caso de un compañero de trabajo al que podría haber clasificado como amigo, en un sentido general del término — conozco a su familia, hemos compartido fuera del trabajo y el trato ha sido más coloquial —, quien resultó estar sacando provecho de esta confianza, beneficiándose a sí mismo, en detrimento de la empresa.
Pensaba en el caso anterior como un contraejemplo a tu recomendación de simplemente confiar en un amigo una vez calificado como tal: confié por creerlo amigo, de su traición luego fui testigo.
Pero luego me di cuenta de que estuve errado en la aplicación: nunca hice el esfuerzo necesario para juzgarlo antes de considerarlo mi amigo, que era parte clave de tu consejo, y la verdad es que está tan lejos en mi escala de amistad que no debería haberlo llamado nunca "amigo".
Me pregunto Séneca entonces: ¿realmente todos necesitamos esos verdaderos amigos — "un alma en dos cuerpos" como decía Aristóteles? ¿O basta con la idea de amistad perfecta, como proponía Platón en sus formas, para entender nuestra relación con los demás?
Sea lo uno, sea lo otro, ahora entiendo que la amistad verdadera, como el amor — ¿por qué todavía creo que son distintos?—, comienza con uno mismo. Porque ser amigo de otro por no poder bastarse a sí mismo, no es amistad—es conveniencia.
10 de marzo de 2026
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