Sobre el valor del tiempo
Mi querido Séneca, justo estando a punto de empezar a escribirte esto, sentí cómo algunas obligaciones querían sustraerme el tiempo, tras notar que había recibido varios mensajes. Me resistí a leerlos, aún con un ligero miedo de que podría haber allí algo urgente o importante. Consciente de que difícilmente nada habría más valioso que este preciso momento, me volqué con toda mi atención a estas líneas, sabiendo que romper mi atención sería no haber abrazado tu consejo.
Clasifico ahora cada situación: ¿me arrebata el tiempo? La evito. ¿Me lo sustrae? La pospongo, al menos hasta cuando sea realmente indispensable enfrentarla. Seguramente también están aquellas en las que se me escapa el tiempo, pero con sólo ser más consciente ahora, espero reducir estas últimas.
Solía considerar negligentes a quienes creen tener más tiempo del que disponen. "El día tiene 24 horas más la noche", dicen ellos, como si la vida fuera infinita. Pero hoy veo que hay algo peor: estar consciente del tiempo finito y desperdiciarlo de todas formas. De ese grupo, desgraciadamente, también soy parte, y es con la comprensión visceral de esta tragedia, que estoy empezando a conseguir, gracias a tus consejos, que mi vida parece estar cambiando radicalmente.
Como buen administrador de mis cuentas, al igual que tú, vengo llevando con decente precisión el control del tiempo que le dedico a aquellas actividades que considero valiosas, como leer, escribir, escuchar clases o desarrollar ideas, siendo que todas las demás solamente pueden servirle a estas primeras.
No es difícil deducir entonces que mi tiempo real de vida en estos 45 años ha sido no más de 5 años. Estuve muerto la mayoría. Con una excepción: existe un tiempo que ni siquiera intento medir, ese que paso con mi familia y amigos. Estos no son momentos cuyo valor pueda calcularse por extensión—kairos sobre kronos—. Son momentos donde realmente existo, incluso cuando creía estar muerto.
Dentro de esa muerte, hay momentos donde, aunque no hago lo que realmente valoro, sí lo hago de la mejor manera posible. Como cuando me dedico al neg-ocio—no para generar dinero, sino para generarme más tiempo, para que la empresa dependa de mi visión, no de mi presencia, y para ayudar a otros en su crecimiento.
Esto de ayudar a otras personas a ir cubriendo sus diversas necesidades, según su lugar actual en la pirámide de Maslow, es un tipo de inversión que me da la sensación de ser tremendamente rentable, provocándome alocar más capital en esta categoría, aún a expensas de las inversiones de tiempo que sean exclusivamente para mí o los míos. Ayudar a alguien es siempre una inversión—pero aquí está lo extraño: el retorno no es mío. Y sin embargo, es lo que más me alimenta. ¿Cómo puede ser eso una inversión? La respuesta puede estar en los tipos de felicidad que concibe el utilitarismo, donde la que viene del altruismo no tiene competencia.
Curioso que una de las formas de ayudar más a las personas tenga que ver justamente con el manejo de sus tiempos, de lo que venimos hablando. En estas épocas creo que son dos las formas en las que la gente deja que se les vaya el tiempo como de ninguna manera lo harían con su dinero.
Primero están las distracciones, que hoy en día vienen a través de alguna pantalla. Yo mismo paso, en promedio, dos horas diarias en la pantalla del celular. Sé que buena parte tiene utilidad, pero la mayoría es tiempo muerto, indiscutiblemente. He visto personas pasar el triple allí, prestando atención a lo que claramente no importa. Yo fui uno de esos. Lo sigo siendo algunos días.
Luego está uno de los peores inventos culturales: las reuniones de trabajo, que tienen poco de trabajo y mucho de sólo de asistencia. No sólo son numerosas e interminables, hoy en día virtuales (más pantallas), sino casi siempre inefectivas y las más de las veces, innecesarias. Pocas veces preparadas, frecuentemente sobre asistidas y sin acuerdos efectivos, si me preguntan, es la manera más frecuente de perder tiempo en grupo, como si perderlo sólo no fuera suficiente. No hemos llegado a la máquina del tiempo pero hemos creado la mejor máquina de perder tiempo grupalmente.
No puedo restituir, Séneca, la inversión de tiempo que has hecho conmigo para escribirme sobre esto, pero claramente puedo multiplicarla difundiendo con otros de mi generación y espero, futuras. Empezaré a honrar tus consejos, empezando por separarle el tiempo adecuado y el mejor momento a todas aquellas actividades que me hacen sentir realmente vivo, y aunque cuando las recuerde serán recuerdos de un muerto, habrá sido esa una buena vida.
Sé que sigo con el marcador en contra, Séneca, pero luego de hoy creo haber marcado el descuento y sobre todo, sé cómo debo replantear el encuentro, que de ninguna manera quiero perder.
Me despido, amigo, habiendo querido decirte mucho más, pero consciente de que por hoy, se me acabó el tiempo para esto.
15 de enero de 2026
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